Y me miró. Y quise contar sus pestañas para no dejarme llevar por la emoción. Y lo que había empezado como latido trémulo se volvió estampida que competía en ferocidad con los escalofríos que hacían vibrar mi cuerpo y erizar vellos de los que desconocía su existencia. El momento esperado y temido. Ansiaba hablar con él y escucharle decirlo. Porque lo diría, oh sí, sé que él lo deseaba tanto como yo e imaginaba su experta lengua dando forma a las palabras que saldrían como una pócima de la eterna felicidad por su boca. Corrí a su encuentro tras su (esperada, ansiada, temida) llamada y me sentí desfallecer en el encuentro. Me invitó a sentarme, una pestaña, dos pestañas, su sonrisa neutra no dejaba adivinar sus intenciones, parecía disfrutar jugando con mi expectación, quince pestañas, dieciseis pestañas, los ojos penetrantes con los que había soñado y que ahora tenía frente a mí para decirme con voz cálida esas palabras que tanto deseaba escuchar:
- Teodoro...
- ¿Sí?
- No debes preocuparte más. No es Gripe A, es un simple ataque agudo de sinusitis.