Parece mentira. Se necesitaron 3 años para llegar a los 100 posts, y sólo 5 meses para doblar la cifra. Como ya conté en el 100, pasé de no tener idea de qué escribir, de dejar meses ausente, de estar a punto de sucumbir muchas veces al suicidio blogosférico, a tener una incontinencia postera de tal calibre que más de una vez he tenido que frenar. Mirar la pantalla en blanco antes era una depresión. No es que pretendiera sentar cátedra con cada escrito, ni antes ni ahora, pero, oh queridos y estimulantes lectores, echaba un vistazo a la blogosfera y comprobaba con envidia cómo todos parecían tener algo que contar cada día. Algunos sin interés, muchos sin estilo, pero ahí estaban, y yo no era capaz de hacerlo. De vez en cuando salía algo medio decente, y de nuevo una racha de falta de inspiración total. Pero ahora la pantalla en blanco está llena de palabras. Y con un soplido, a veces un manotazo, la mayoría una caricia, se van desenterrando frases, historias, absurdos. El click que da paso a los comentarios ilumina una estancia llena de ingenio, de ternura, de sabiduría, de mordacidad. Sin vosotros esto no tendría sentido. Gracias por estar ahí. Gracias, de verdad.
Y para celebrar este humilde doscienpostario, recupero una entrada pequeñita a la que tengo mucho cariño (¿se puede tener cariño a un post? ¿postofilia? ¿me lo hago mirar?), original de Diciembre de 2006. Espero que os guste.
The Word Is Out
Palabras que se pierden. Palabras que se cuelgan, que desaparecen, fragmentos de conversación que no llegan a su destino. Muchas veces me pregunto dónde van a parar esas palabras que se volatilizan en medio de una charla (especialmente por móvil). Estás hablando tranquilamente, y de pronto, varias palabras o frases enteras se convierten en vacío. Seguro que tiene una explicación tan simple como una momentánea falta de cobertura, pero a mí (que soy tan fantasioso) me gusta pensar que esas palabras son robadas por unos entes invisibles que detectan lo supérfluo, lo reiterativo, lo temerario, lo que no es momento de decir, lo equivocado, y las hacen desaparecer para, tal vez, enviarlas a otras conversaciones en las que hacen falta. para que sirvan de inspiración o complemento a otros "charladores" que no saben qué o cómo decirse, que rellenen sus momentos vacíos por la duda, el miedo a decir cosas que les comprometan, declaraciones de amor, proposiciones deshonestas o fantasías inconfesables, rupturas.
Algunas veces por el contexto se puede intuir lo que te está diciendo la otra persona cuando hay un fallo de cobertura de estos, otras veces le pides que te repita porque no has oido nada con claridad. Pero aunque te lo vuelva a decir, las palabras anteriores ya se las ha llevado un duende para alguien que tal vez las necesitaba más que tú.
Algunas veces por el contexto se puede intuir lo que te está diciendo la otra persona cuando hay un fallo de cobertura de estos, otras veces le pides que te repita porque no has oido nada con claridad. Pero aunque te lo vuelva a decir, las palabras anteriores ya se las ha llevado un duende para alguien que tal vez las necesitaba más que tú.



