Me tratas como a un esclavo, y a pesar de todo te quiero. Tienes una forma genuina, primaria y salvaje de demostrar tu cariño, un modo abrumador que me hace sentirme culpable por tener que frenarte para establecer los límites, por esforzarme en que comprendas que no puede ser todo cuando tú quieras. Por más que me cubras con tus besos y carantoñas, con tus explosiones de alegría y agradecimiento, cuando te veo acercarte con esa expresión lujuriosa sé que vas a abordarme en busca de tu propia satisfacción, como ahora estás haciendo, con los ojos entrecerrados y la respiración jadeante, utilizándome como un simple objeto para tu exclusivo desahogo, sin importarte otra cosa. Un contrincante necesario que ayude a aliviar tu ilimitado furor sexual, a cualquier hora, en cualquier situación...
Y el perro, ajeno a toda la perorata, siguió agarrado a mi pierna, restregándose a gusto.
