La Milagros, sin levantarse, sin mirarle, le dice que deje el dinero en la mesita de noche. Él no habla, deja un par de billetes de poco valor y la ve hacer un gesto de asentimiento, tan desganado como el rostro lleno de maquillaje barato de la mujer que ocupa la cama. Tan desganado como las flores de plástico que intentan dar un poco de alegría a ese cuarto de pocos muebles. Una cama, una mesita, un lavabo con una toalla que no invita a ser usada y un espejo en el que él mira el desganado reflejo de la Milagros mientras se va desnudando. La ve repasarse con indiferencia el esmalte de uñas, y después mirar a la nada del techo en un inequívoco gesto de impaciencia. Él no habla, se pregunta cuántos habrán visitado esa cama hoy, cuántos ayer, quién será el siguiente. Cuántas veces la Milagros se habrá abandonado al rítmico crujir de los muelles para acompasarlo al crujir de su corazón hasta amortiguarlo y conseguir que el tiempo pasara más ligero. Se mete en la cama, agradablemente cálida, y ella empieza a hacer su trabajo mecánicamente mientras le dice picardías con el mismo tono que se recitaría un menú en una casa de comidas, qué te pasa encanto tienes frío estás temblando, pero él no habla, tan solo la abraza. Pasa su hora pactada abrazando en silencio a Milagritos, a su primera novia, a la que le prometió amor eterno entre tablas de multiplicar y le robó un beso bajo un árbol frente a su casa, con el consiguiente cachete materno niño tú qué te has creido que no me chupo el dedo pues nos han fastidiao, a la que un maldito traslado del padre arrancó de su lado. A la que cree reconocer al verla entrar en un portal, en este portal, unas semanas atrás, a pesar de todo hermosa bajo esa capa de maquillaje barato y desganado. Pasa los siguientes días indagando, espiando, comprendiendo, hasta que por fín se decide a reservar una hora con la dueña del negocio seguro que no prefiere a la Puri está libre ahora y está muy nueva. Pero él quiere a la Milagros. A Milagritos.
Él no habla, se viste lentamente y la vuelve a observar desde el espejo, tumbada en la cama. La ve mirar al techo, pero la anterior impaciencia ahora diríase inquietud, y sin atreverse a volver la cara hacia ella al despedirse Adiós Milagritos juraría que ha visto una lágrima corriendo por su mejilla.