Tan pronto lo exhibía como un trofeo que como un premio de consolación. Solía sonreir cortésmente sus gracias para contraatacar con las anécdotas más insuperables que mantenían en vilo a la audiencia, generosa y entregada audiencia de un profesional del encanto que eclipsaba todo lo que tuviera vida en muchos kilómetros a la redonda. Sus ideas políticas eran tan sólidas y bien argumentadas, su trabajo tan apasionante, su vestimenta siempre tan adecuada, tan elegante. Y su manera de recordarle en privado y en público que sus ideas, trabajo y vestimenta oscilaban entre lo corriente y lo anodino era tan sutil como implacable. Había un algo de perversidad en esa relación, una dependencia malsana como todas las dependencias que perpetúan un equivocado esquema familar. Una pareja perfecta, vista de lejos. Un incomprensible error, de cerca. Una tortura placentera para ambos, por dentro. Y una constante sensación de no saber si al cerrar la puerta iban a echar un polvo o un pulso.
("...Domination's the name of the game / In bed or in Life, they're both just the same...")
Primero fue un tímido empujoncito, pero aquello no cedía. Poco a poco la rabia le hacía empujar con más fuerza, pero lo único que conseguia era sacar astillas que se le clavaban dolorosamente, amansando su ímpetu más por temor que por prudencia. La superficie seguía firme y recia, la oscuridad insoportable, y el aire se le estaba acabando. Lágrimas, tal vez con lágrimas conseguiría pudrir aquella madera que se fingía cemento, y lloró por él, por aquellos, por su pasado y por lo incierto, pero la madera apenas si gimió con debilidad burlona. Y mientras tanto, el mundo resonaba feliz al otro lado. Probó a gritar y golpear pidiendo ayuda, pero los que se acercaron no hallaban la manera de abrir aquella puerta. Durante meses, durante veinte meses recibió todos los consejos posibles (deja que ceda por si sola, dale una patada, cálmate y conseguirás abrirla, no desesperes), pero no fue hasta ese día en el que en una de sus muchas patadas infructuosas, notó un tintineo llamativo que procedia de su bolsillo, y se dio cuenta de que la llave estaba ahí. Siempre había estado ahí. Y abrió la puerta, tranquilamente, sin ansiedad, sin miedo de que lo que hubiera en el exterior le hiciera daño. Y justo antes de unirse a los que le esperaban con tanta expectación, tomó aire, sonrió, y lanzó la llave tan lejos que se perdió en el horizonte. Para no tener nunca la tentación de volver a aquel oscuro y lóbrego armario.
Y tienes el valor de decirme que nunca te ha importado. A oscuras, te mueves a hurtadillas por entre los pliegues de mi consciencia marcando el territorio antes de abandonarlo a su suerte, arramblando con los objetos de valor que caben en tu saca sin fondo, y tan solo dejas la quincalla que tanto brilla y tan poca utilidad tiene. Esparces palabras como un matarratas por los rincones, un adulterante suave, de efecto lento y permanente, que no acabará conmigo porque soy más grande que una rata, pero me envenenará porque soy más pequeño que una certeza. Manipulas los archivos de memoria cambiando signos de puntuación, tachando toscamente pequeños detalles que acaban por distorsionar el conjunto, cambiando los fondos de las imágenes para que confunda los escenarios y no sepa si me besaste en Berlín o en Londres, si te abracé en Toledo o en Oslo. Si me engañaste en Roma o lo hice yo en Granada. Y te marchas y enciendo la luz, cierro las ventanas para que no escape tu olor, y trato de hacer inventario por si hay alguna compañía de seguros que me indemnice por la sustracción de una vida, mientras intento que la quincalla no me deslumbre, mientras reordeno unos recuerdos que ahora no entiendo, mientras tu olor se va escapando por los pliegues de mi consciencia.
"...I turn around to see you. And if I do or not, it all depends..."
Sólo necesitó unas décimas para que brillara su mirada. Tan sólo unos segundos para hacerle sonreir. Unos minutos para comprobar cómo sus hombros perdían la tiesura, y todo su cuerpo recobraba la forma humana, diluyendo rigideces y agarrotamiento. Le hicieron falta algunas horas para convencerlo de que su seducción era desinteresada, para extraer de sus prudentes, desconfiados labios, un tembloroso susurro de acuerdo. En unos días le tuvo en su lecho, deseoso, deseado, y se prometió que pasaría las siguientes semanas borrando con sus caricias las huellas que todas las manos anteriores habían dejado en aquel cuerpo. No aguantó ni un mes.
("...Erogenous zones I love you.
Without you, what would a poor boy do?...")
...temía que se rompiera o que acabara cediendo antes de tiempo pero aquello seguía y seguía estirándose con mi impulso después de haber realizado los más sofisticados y completos cálculos para no errar ni en el empuje ni en la trayectoria que me lanzara sobre él que siempre parecía estar más lejos que mis intentos pero esta vez irrumpiría en su espacio así que estiré y estiré y una vez llegado al punto necesario dejé que el elástico me catapultara volando con la sonrisa del que se sabe vencedor lástima que en el momento de tomar cuerpo se agachara para atar sus zapatos descordonados y yo le sobrevolé con el rictus del que se sabe panoli aterrizando en lo que me pareció un matorral de zarzas oscuras y espinas que no pinchaban incluso resultaban agradables...
Tal vez porque no eran espinas, sino el suave vello de las mejillas de un rostro amigable, un salvador que se interesó por mis no-heridas, alivió mi ansiedad, y me invitó a vivirle.
No me ofreciste tus hombros para auparme hasta descolgar la estrella que tenía pensado regalarte. No inventaste historias amables para aliviar mi angustia ante el dañino entorno. No me tomaste de la mano para sacarme a bailar. No exploraste todos mis rincones con esas manos que parecen tan expertas. No te despediste con suavidad al amanecer para no romper del todo mi sueño ni me dejaste durmiendo envuelto en tu aroma. No me miraste con deseo. No me hablaste de amor. No dijiste nada. Ni siquiera llegamos a conocernos.
Y sin embargo. Lo recuerdo todo con tal nitidez...
Imagínate, es que no podía más. Su pose de tipo frío, sereno, tan en su sitio, seduciendo sin invitación. Cómo aguantarlo. O tal vez es que estoy tan desesperado que...no, no, me estaba seduciendo, amparado en esa templanza, esa indolencia que lo único que hacía era que mi ardor creciera cada vez más. Charlaba y charlaba, sin dar importancia a la proximidad, al calor. Y esa manera de seguir el ritmo de la música, escuetos movimientos de baile que se me antojaban ceremoniosa coreografía para fulminarme de deseo, aliñado con una fragancia que me atraía como un imán hacia ese cuello largo y despejado que pedía a gritos ser mordido, mientras su dueño mantenía el desesperante papel de la indiferencia. La seductora indiferencia.
Imagínate, no tuve más remedio que lanzarme a ese cuello. AfortunadaMente, siempre me ha gustado la horchata.
Te invité a bailar porque no sabía qué hacer contigo. Quería saber tu nombre y sólo conocí tu desdén. Quería poseer tus secretos y me pediste una contraseña. Quería atrapar tu mirada y me diste la espalda. Quería bañarme en el caudal de tu voz y me dejaste abrasarme en el desierto de tu silencio. Quería entregarte mi vida y te dedicaste a cazar las de otros. No pude superar los obstáculos para hacerme con la llave de tu palacio, y mientras nadaba en el foso esquivando la voracidad de tus cocodrilos, te veía celebrar las más suntuosas fiestas a las que me estaba denegado el acceso. Y cuando preparaba mi retirada, vencido, desangrado, andrajoso, aceptaste el baile. Pero ya había encontrado otra pareja que me reveló su nombre, me regaló sus secretos, me entregó su mirada, me bañó en su voz, se adueñó de mi vida. Y bailaba tan bien.
Ahora bailo más que nunca. Pero algún día lograré averiguar tu contraseña.
"...I don't really want to change my life a such..."
Sabes que me gusta mirarte cuando finges descuido. Sabes que mi tiempo es estudiarte, memorizarte en cada ángulo y cada curva de tu territorio suave y confortable. Sabes que me dedico a pensarte cuando el vacío me acompaña, que mi voz se vuelve áspera de no hablarte. Sabes que mis labios sufren al buscarte, y sabes cómo convertirlos en sonrisa. Sabes que soy un conjunto de cerraduras que necesitan de tu llave maestra, un puñado de piezas que solamente conforman un mosaico armónico cuando tú las ordenas. Sabes esperarte, jugando a desesperarme. Sabes que sólo camino para encontrarte, que solo duermo para soñarte. Sabes que pierdo para ganarte.
Crees que sabes tantas cosas. Y sólo sabes equivocarte.
Aquel agujero me estaba esperando, desafiante. Había llegado hasta él angustiado, indeciso, al borde de la desesperación, intentando evitarlo aún sabiendo que acabaría por ceder a su llamada. Exigía un temple y un valor de los que me sabía careciente, pero ya era tarde. Lo tenía frente a mi, y a pesar del rechazo cercano al asco, no puedo negar que me producía una cierta atracción malsana, tan abierto, tan rotundo, tan invitante. Acerqué una temerosa mano que rozó con recelosa suavidad aquella materia blanda que parecía estremecerse, pero no era suficiente. Una vez más (como tantas otras antes), era el momento de despojarme de prejuicios y zambullirme sin pensarlo en aquel abismo, y así hice, jurándome que nuncamásnuncamás, con la certeza de que incumpliría esa promesa (como tantas otras antes). En el agujero oscuro anduve buscando entre pieles marchitas, carnes pútridas, falsos gusanos que mostraban burlones el recuerdo de un placer no tan lejano, cenizas que se pegaban a mí recordándome lo fútil de mi existencia. Riéndose de mi desconsuelo. Aumentando mi desesperación. A todas les preguntaba pero ninguna supo o quiso darme la respuesta. Con el semblante oscurecido por la humillación del fracaso, saqué el brazo del cubo de basura. Allí tampoco estaba su teléfono.
Tampoco estaba seguro de habérselo pedido.
"...No way of dealing with this feeling, can't go on like this too long..."
Esta vez me ha costado más despedirme que cuando se fue por vez primera. Y por si acaso prendí de su solapa un hilo invisible y eterno, que nos mantendría en contacto a través de todos aquellas leguas que, maliciosas, debían cumplir el doloroso cometido de mantenernos separados. No sabíamos si sería beneficioso, y tratamos de afrontar con serenidad lo inevitable. Como inevitable era la ruptura, de haber permanecido juntos. La primera despedida se escenificó con una máscara de tristeza que ocultaba un profundo suspiro de alivio. Pero los días pasaban y, tal vez fue un descuido, lo reconozco, pero olvidé quitarme la máscara y se fundió con mi piel, dejándome una tristeza real y cada vez más enfermiza. Preguntaba a las hojas del calendario cuánto faltaba para el reencuentro y ellas se limitaban a caer a su ritmo, burlesco, insultantemente lento.
Iluso de mí, negador profesional, no iba a reconocer que no había sido el vino ni el baile, las estrellas o el viento. No admitiría que volví a sucumbir al embrujo de su voz grave y su cálido abrazo. No aceptaría que lo había extrañado hasta la desesperación, que cada minuto de este nuevo y breve encuentro sería una celebración tan solo ensombrecida por la cercana despedida. No reconocería que sus ojos no me miraban, únicamente devolvían el reflejo de mi propia ansiedad.
Esta vez me ha costado más despedirme que cuando se fue por vez primera. Pero a él, por lo visto, no.
"...It's hard to face the truth even when it's staring at you..."
Así pasabamos horas, descubriendo. Mundos, estados, ciudades, interiores. Todo era nuevo e intenso, lleno de verdades escondidas entre inócuos juegos que en otras manos hubieran sido peligrosos. El arte de la seducción, el desastre de la derrota, nos dejábamos curiosear las trastiendas con el esmero del que recibe una visita apreciada y se esfuerza por ocultar que necesita causar buena impresión. Horas en las que las risas competían con los suspiros por componer la perfecta banda sonora. A veces alguno se excusaba por haber abierto un cajón de contenido delicado, tal vez doloroso. Pero el otro le invitaba a explorarlo sin pudor, preguntar por su contenido, comentar sus impresiones, ofrecer algún consejo para su mejor almacenamiento. Que los temores, los secretos y los malentendidos no se acumularan hasta pudrirse. Ventilarlos, reorganizarlos, comprender que muchos eran desechables y ocupaban un espacio necesario para fines más nobles. Así pasábamos horas, descubriéndonos.
Aunque no pude ver su cara, estoy seguro de que sonreía al otro lado de la pantalla. Y me dijo que era diferente.
Hay que cuidar los ingredientes. Todos de la mejor calidad y en las medidas exactas. De nada servirá un buen entorno, un buen acompañamiento sensorial (música íntima, velas cálidas, fragancias suaves), ni la más exquisita vajilla o ropa de mesa si el plato a degustar está en cualquier punto menos en el que le corresponde. Justo en sabor, que sea intenso pero no agresivo, que entre con suavidad y siempre nos deje con ganas de un nuevo bocado. Y en ocasiones como esta, lo apropiado era servirlo frío. Las cosas en caliente saben de otra manera, el picante puede eclipsar los matices y hay elementos que pueden reblandecerse demasiado. Así que sería frio. Pero lleno de texturas, de emociones, todo bien mezclado y, como ya se ha dicho, en las medidas exactas. La base era el cariño, que serviría para emulsionar bien todo el conjunto, en el que puso un controlado golpe de dulzura (no había que pasarse, aquello no pretendía ser un almíbar), un chorro generoso de humildad, dos partes de erotismo (ehmmmm...mejor tres), un puñado de promesas, una taza de ilusión. Dudó si sería conveniente poner una pizca de enigma, pero lo hizo, bien combinado siempre era un ingrediente estrella. Incluso se atrevió a añadir un poco de súplica y otro de perdón. Adornado con una rama de tálamo y guarnición de alegría, enmienda y compromiso. Estaba convencido de que sería un éxito, la reconciliación estaba asegurada.
Por eso, cuando vió cómo tras los primeros sorbos llenos de elogios y parabienes se iba tornando malencarado y vociferante, cuando vió cómo se marchaba dejando un eco doloroso, cuando comprobó que realmente había un sabor no esperado en aquel plato, corrió a la cocina para comprobar con horror que había confundido el tarro de la humildad con el de los reproches. Un chorro generoso.
"...but the clouds were there, blocking out the sun..."
Estaban todos: el hombre serio, el joven divertido, uno que siempre parecía enfadado con el mundo y un niño con ganas de hacer que el mundo siempre estuviera enfadado, seguido de otro niño con aspecto tan inocente como melífluo, y un adolescente eternamente ansioso de sorpresas que siempre parecían llegar a medias. El que parecía cómodamente instalado y el que siempre tenía prisa por irse. El también joven con su ombligo como punto de referencia y otro mucho mayor que estaba convencido de haber regalado, tal vez perdido el suyo sin querer darse cuenta de que lo había protegido, oculto tras siete velos que no pensaba quitarse ni por cien tentadoras cabezas que le ofrecieran. Como si de enanitos de cuento se tratase, no faltaban el risueño, el huraño, el amoroso o el despechado, el traidor y el traicionado, el embustero y el timado, todos juntos y revueltos en un grupo caótico que parecía dispuesto a acabar con su tranquilidad. Y todos eran él. Y él no sabía quién era.
Cerró la caja y una vez más, como tantas antes, se regañó por no haber tenido la precaución de poner una fecha detrás de cada foto.
Una para tí. Una para mí. Dos para tí. Dos para mí. Otra para...¿estás seguro de que esta es tuya? Vale, quédatela, aunque juraría que era mía. Otra para mí. Esta creo que no deberíamos quedárnosla ninguno. Voy a tirarla a la basura. No, la quemaré, mejor, es preferible que desaparezca...junto con esta, esta, y esta otra. Huy, no me acordaba ya de aquellas, ¿de cuándo son? Es verdad, no hace tanto y parece tan lejano. Cómo pueden cambiar las cosas de esa manera... no, no me hagas caso, tan solo pensaba en voz alta. Sigamos con el reparto. Esta era mía, pero si quieres quedártela... sé que te gustaba. Tal vez te apetezca conservarla. No, qué tontería, tienes razón, me la quedo yo.Y estas, cuidado que son frágiles, para tí. Ya no quedan más, que yo sepa. Si encuentro alguna otra, te aviso. Ahora será mejor que te vayas.
Al oir el sonido de la puerta al cerrarse, dudó un momento, y por fín tiró todas sus recién devueltas emociones al desagüe. No pudo verle, pero supo que él haría lo mismo con las suyas en el contenedor de basuras del portal, sin ni siquiera molestarse en buscar uno de reciclaje.
Me tratas como a un esclavo, y a pesar de todo te quiero. Tienes una forma genuina, primaria y salvaje de demostrar tu cariño, un modo abrumador que me hace sentirme culpable por tener que frenarte para establecer los límites, por esforzarme en que comprendas que no puede ser todo cuando tú quieras. Por más que me cubras con tus besos y carantoñas, con tus explosiones de alegría y agradecimiento, cuando te veo acercarte con esa expresión lujuriosa sé que vas a abordarme en busca de tu propia satisfacción, como ahora estás haciendo, con los ojos entrecerrados y la respiración jadeante, utilizándome como un simple objeto para tu exclusivo desahogo, sin importarte otra cosa. Un contrincante necesario que ayude a aliviar tu ilimitado furor sexual, a cualquier hora, en cualquier situación...
Y el perro, ajeno a toda la perorata, siguió agarrado a mi pierna, restregándose a gusto.
De la mano. Me cogió de la mano. No de los hombros, ni de la cintura, ni del brazo, ni del pelo, ni de la cabeza, ni de la nariz, ni de la oreja, ni de las pestañas, ni de la lengua, ni de la solapa, ni de los botones, ni de la manga, ni del paquete, ni del culo, ni de las rodillas, ni de los pies. No me cogió de la yugular, ni de los músculos, ni del cerebro, ni de la tráquea, ni del corazón, ni de los pulmones, ni del hígado, ni del bazo, ni de sorpresa, ni de ilusión, ni de esperanza, ni de duelo, ni de lamento, ni de envidia, ni de mentira, ni de confianza, ni de desprecio, ni de pasado, ni de pena, ni de sofoco, ni de suerte, ni de daño, ni de regocijo, ni de invitación, ni de rechazo, ni de confusión. De la mano. Me cogió de la mano.
Y estaba tan blanda y húmeda que me acordé del sapo de Ana Ozores.
Guardaba aquel beso en la caja de tesoros de su memoria para que le recordara quién fue y lo que había dejado atrás. Mas de una vez estuvo tentado de desandar el camino y desamar los amantes hasta volver al lugar primigenio donde su ingenuidad ocultó las rodillas con pantalones largos para seguir andando protegida por un disfraz adulto que nunca había llegado a creerse. El lugar donde un beso supuso el disparo de salida a una carrera de pasiones a medio cocinar y engaños a todo fingir. El lugar donde había silencio y expectativa. Solo para estar seguro de si había merecido la pena.
El día que abrió la caja, lamentó no haberle puesto naftalina. Desde luego, estas polillas comen de todo.
(...ay, qué canción más preciosísima, por dios Kubrick...)
Glicerina, Colágeno, Propanodiol, Hidroxieltilcelulosa, Acido hialurónico, Extracto de limón, Extracto de pepino, Extracto de Aloe Vera, Aceite de Rosa mosqueta, EDTA Disódico, Agua.Y debajo de todo eso, una cara queriendo ser descarada. Una cara sin luz, mustia, cara oculta tras un velo de trampausencias. Esperaba a que se secara la mascarilla mientras pensaba qué bueno sería que al quitársela, arrancara de cuajo esa cara cuajada para obligarle a construir una nueva, cara de caramelo, cara encarecida y cariñosa. Salir a su encuentro limpio y brillante para probar nuevamente esos labios, esa boca que sabía a hierbabuena y a futuro.
Y me miró. Y quise contar sus pestañas para no dejarme llevar por la emoción. Y lo que había empezado como latido trémulo se volvió estampida que competía en ferocidad con los escalofríos que hacían vibrar mi cuerpo y erizar vellos de los que desconocía su existencia. El momento esperado y temido. Ansiaba hablar con él y escucharle decirlo. Porque lo diría, oh sí, sé que él lo deseaba tanto como yo e imaginaba su experta lengua dando forma a las palabras que saldrían como una pócima de la eterna felicidad por su boca. Corrí a su encuentro tras su (esperada, ansiada, temida) llamada y me sentí desfallecer en el encuentro. Me invitó a sentarme, una pestaña, dos pestañas, su sonrisa neutra no dejaba adivinar sus intenciones, parecía disfrutar jugando con mi expectación, quince pestañas, dieciseis pestañas, los ojos penetrantes con los que había soñado y que ahora tenía frente a mí para decirme con voz cálida esas palabras que tanto deseaba escuchar:
- Teodoro...
- ¿Sí?
- No debes preocuparte más. No es Gripe A, es un simple ataque agudo de sinusitis.