La mujer está en la orilla, inmóvil, como hipnotizada por las olas. Ni siquiera le importa que sus caros zapatos se mojen con el rebalaje. El niño está en el parque, en lo alto del tobogán, no se atreve a tirarse, oye las burlas y protestas de sus compañeros de juego, pero no puede lanzarse al vacío que en el cuaderno de dibujo de su mente se asemeja a una voraz garganta. El anciano lee por cuarta vez la columna de opinión tratando de no dispersarse, sin éxito. Las palabras serpentean, se enroscan en su enjuto cuerpo y le hacen levitar alejándolo de las refriegas políticas y las inquietudes financieras, viaja por unos instantes a un par de paraisos y unas cuantas pesadillas, y vuelve a caer de bruces sobre el periódico. Intentémoslo una quinta. Las lentejas hace rato que están a punto y la joven se pregunta si el comino eliminará el sabor a lágrimas. Él vuelve a retrasarse.
El hombre que escribe acaricia a sus personajes, les pregunta y atiende a sus respuestas, modula sus voces, sus silencios, desoye algunos consejos y valora algunos otros. Pero finalmente, decide no estar en condiciones para contar la historia de una esposa despreciada vista por los ojos de un anciano, que revive una y otra vez el momento en el que fue consciente de que su madre nunca volvería a recibirlo entre sus brazos cuando se lanzase al vacío. No. Probará con algo más feliz.
