La primera vez que lo sentí estaba en la ducha. Enjabonando con cuidado mi cuerpo, tal vez con una parsimonia y dedicación mayor de la que era moralmente aconsejable (o eso hubiera pensado alguno de mis antiguos guias espirituales). Ese cuerpo que ahora andaba en situación de desamparo, imagino que temporal, agradecía la suavidad de la esponja, la fragancia del gel, el frescor del agua en un día tórrido de verano...y la caricia cómplice de mis manos. En cerrando los ojos para facilitar la escalada hacia el clímax, todo pareció tambalearse, y tuve que sujetarme a la barra del baño para no caer.
La siguiente vez, preparaba un suculento plato para una única comensal. Entre fogones, especias y aperitivos ricos en alcohol me manejaba con soltura reduciendo, emulsionando, confitando, con la osadía de querer aportar algo nuevo a la ya tradicional receta. Transgredir. A mi madre le hubiera horrorizado la idea. En cerrando los ojos para probar aquella salsa bastarda, todo pareció tambalearse, y tuve que sujetarme a la campana extractora para no caer.
La tercera vez, me contemplaba en un espejo de probador. Posiblemente la ropa no era propia para mi edad. O al revés. Sé de alguien que hubiera puesto el grito en el cielo. Pero ya no está. Y yo me gustaba así. En cerrando los ojos para reafirmarme en mi decisión, todo pareció tambalearse, y tuve que sujetarme a la puertacortina para no caer.
Mi médico no encontró nada en sangre, en cabeza ni en vientre, afortunadamente. No habría sido agradable que ese malnacido me hubiera dejado un recuerdo en forma de semilla, ahora que había conseguido que se largara. Decidí no tomar la medicación asignada, porque algo me decía que esa sensación de ser libre por primera vez me seguiría provocando mareos de cuando en cuando. Ya buscaría dónde agarrarme.