Esta tarde comencé a caminar sin rumbo, bajo un cielo recién llorado y con solemnidad en mis oidos. Beethoven desgranaba su Concierto Emperador con las notas rebotando en las paredes acolchadas de mis propios pensamientos, que funcionaban como una suerte de piloto automático que guiaba los pasos hacia Ninguna Parte, sorteando niños que jugaban ajenos a todo el mal del Universo, bajo la desatenta mirada de sus padres que, perezosos, domingueaban fingiendo odiar la semana de balsámica rutina que estaba por empezar. Cuando quise recuperar el control de la nave, me encontré subiendo esas calles que una noche de verano me llevaron a tu cama, a tus brazos y a tu teatro en el que nunca conseguí dejar de encontrarme impostado en un papel al que me había lanzado sin saber si mi voluntad era plena. Te diría que nunca comprenderé por qué nos empeñamos en vivir una verdad confeccionada con mentiras, pero lo comprendo demasiado bien, como lo comprendía en su momento. Y también tú. Que fuimos dos moras verdes donde no había más mancha que las de nuestras frustraciones, que disimulamos con capas de presunto amor lo que no era más que una lucha de poder. Tú eras especialista en engaños. Y a mí, fingir siempre se me dió bien. La necesidad de afecto, a veces hace extraños compañeros de cama.
Pero hoy no era verano. Tú ya no vives en ese barrio. Y Beethoven no me apasiona, así que preferí, mientras bajaba las calles que me desprendían de tu recuerdo, escuchar a Danielle Dax sacrilegiando divertidamente a Lennon, recordándome que Mañana...Nunca Se Sabe.
"...Or play the game existence to the end..."