sábado, octubre 31, 2009

Morning Light

Haciendo una pausa en las historias de H (pero lo siento por vosotros, oh queridos y hospitalodiantes lectores, habrá más), recupero uno de mis "discos de isla desierta". Un álbum aparecido en 1996 llamado "Morning Light", de Locust, proyecto del músico y productor inglés Mark Van Hoen, excomponente de Seefeel, grupo importantísimo en la electrónica de los primeros 90. Después de cuatro discos instrumentales y bastante complejos, tuvo la brillante idea de hacer uno vocal, con colaboraciones variadas y acertadísimas. Salió de gira teloneando a Massive Attack y gozó de éxito y buenas críticas durante un breve período que se malogró por problemas contractuales y demás zarandajas ajenas a lo estríctamente musical. Una lástima, porque siguió editando buenos discos que no han tenido repercusión alguna.





Yo recomendé hasta la saciedad "Morning Light" en su momento y la verdad es que no decepcionó a nadie. Tal vez se haya quedado un poco antiguo a ratos, en los que el "rollo trip-hop" es más visible, pero de verdad que es toda una experiencia. Aloofness, ¿lo sigues escuchando o acabaste harto?


No hay mucho material (dis)ponible, pero al menos he encontrado tres de los mejores temas para ilustrar el post. Los tres aparecieron como single pero ninguno tiene videoclip, que se sepa.


"One Way Or Another", cantado divinamente por Wendy Roberts





"No-One In The World", una exquisitez construida a partir de un sample de la canción "Hurting Each Other" de The Carpenters.




Y por fín, "All Your Own Way", cantado por Zoe Niblett, con estructura bastante similar al "Hyperballad" de Björk, que no aparecía en la primera edición y sirvió para un relanzamiento en 1997.






Yo os recomiendo, hermosos míos, que los escuchéis con calma, atención y auriculares. Si os apetece, claro. Y olvidad lo mucho o poco que yo pueda saber o vosotros conocer o todos descubrir. Disfrutad la música, que para eso está. Nadie puede conocerlo todo. Ni debe.

viernes, octubre 30, 2009

H de Hospital (a la manera de Brian de Palma)

Salió de la habitación y recorrió con paso lento el largo pasillo. Con curiosidad tan humana como en ocasiones malsana echaba un vistazo sin detenerse por las puertas entreabiertas de las otras habitaciones. Rostros dolientes o apesadumbrados, charlas ruidosas de familiares dispuestos a animar como fuera a los cansados pacientes, que seguramente no veían la hora de quedarse a solas con su malestar. Fragmentos de conversaciones que pasaban del tacto y la prudencia al mal gusto y la obscenidad. LaNiñaYaSeNosCasa ComoPasanLosAños PuesEstasMuyDesmejorado AVerSiCuandoTeRecuperesOrganizamosUnaCena TuHasTenidoSuerte AlPrimoJuanLePasóLoQueATíYSeQuedóEnElSitio . De la puerta de personal al final del pasillo salió una de las enfermeras vestida de calle, bromeó con las compañeras que aún no habían terminado el turno y tomó el camino a la izquierda, el mismo que él tenía que tomar para salir de la planta. Caminaban al mismo ritmo, ella unos cinco pasos por delante. Veía su figura, bien alimentada, con buenas formas y curvas en su sitio, que movía con una gracia natural, sin pavoneo. No cogió el ascensor, bajó las tres plantas por las escaleras, siempre con él a cinco pasos por detrás, pendiente de cada detalle, sincronizado con su ritmo y fascinado con sus andares resueltos. Siguió tras ella por el vestíbulo viendo cómo saludaba y bromeaba alegremente con los compañeros que se iba encontrando sin detenerse. Pero ya conocía su mirada, y sabía que estaba llena de tristeza. Al salir a la calle tomaron direcciones opuestas, y permaneció mirándola mientras se perdía entre los coches del aparcamiento.


Bueno, a ver si el autobús no tarda en llegar, menos mal que los sábados no hay apenas tráfico y llegaré pronto a casa. La verdad es que tiene muy buen aspecto, a ver si el lunes nos dan buenas noticias, que vaya susto nos hemos llevado. Ah, ya viene el bus, qué bien. Tendré que comer algo en la calle, no me apetece ponerme a cocinar ahora. Por fín en casa, qué día más largo. La ducha me ha sentado de miedo y me caigo de sueño. El despertador...a las nueve está bien, no estaré para el desayuno pero ya me ha dicho que no me preocupe. Que no se me olvide llevarle el periódico, los crucigramas y las gafas. Me quedaría escribiendo un rato, pero me conozco y me van a dar las tantas. No, mejor me meto en la cama ya, escribiré algo mañana...

Las llaves, dónde las he metido. Aquí están. Odio los sábados cuando tengo turno. Cenar a toda prisa y sin tiempo a descansar nada. Ojalá no tenga mucho trabajo esta noche. Ya empieza la maldita punzada, ¿es que no se me va a quitar nunca? Ya estoy más que acostumbrada al club y sin embargo no desaparecen las nauseas. En fín, esto no durará mucho, cuando quiera lo dejo. Ilusa. Sabes que no lo puedes dejar si no quieres que las amenazas a tu familia se conviertan en algo peor. Te queda mucho para pagar la deuda que te dejó ese cerdo, y vas a tener que seguir empeñando tu cuerpo a  ejecutivos insoportables,  viejos asquerosos, soberbios hijos de papá. Al menos luego podré dormir algo antes de volver al Hospital... 











Habría querido que ella subiera las escaleras cinco pasos por delante, para ver su andar rotundo a la luz del día. Cuando entró a la habitación, su madre estaba desayunada y locuaz, había pasado una noche muy buena y tenía ganas de caminar un poco por la planta. La enfermera de buenas formas y curvas en su sitio entró para tomarle la temperatura, con profesionalidad amable y cálida. Su madre le dijo algunos cumplidos sobre el pelo y la simpatía, y cuando se marchó a seguir con su trabajo, ellos salieron al pasillo a pasear despacio y respirar un poco fuera de esa habitación tan cómoda como opresiva. El no dejaba de pensar en que por mucho maquillaje que llevara, por mucha alegría que demostrara, esa chica arrastraba un cansancio inmenso, una tristeza infinita, un dolor más grande que el de muchos de los enfermos que paseaban tranquilos por ese pasillo.

(Brian de Palma, director estadounidense famoso por su uso del estilo voyeurista y el split-screen, pantalla dividida que presenta simultáneamente dos o más escenas diferentes)

miércoles, octubre 28, 2009

H de Hospital (a la manera de François Ozon)

No es el momento. No es el lugar.


Tiene las manos tan calientes que parecen arder, intenta transmitirle algo de alivio mientras cruzan la ciudad en el vientre de ese vehículo que se abre paso entre el tráfico con la nada mitológica sirena. Mira su gesto desencajado, la mujer fuerte y valiente que siempre había sido (o pretendido ser) está oculta por la maleza de un dolor que la hace casi irreconocible. Aguanta, ya queda poco, estamos llegando. La ambulancia pare a dos adultos. Uno es depositado en una silla de ruedas y el otro, tras cumplir los trámites de ingreso, corre a su encuentro para jugar juntos al temible juego de la espera, con docenas de otros rostros tan desencajados o más por el dolor y los nervios. 


El tiempo va pasando y las palabras de consuelo hacen cada vez menos efecto. Aparece su hermana para relevarlo en la sala de espera y se asoma a la entrada de Urgencias para tomar un poco de aire. Un grupo de celadores charlan animadamente haciendo tiempo hasta empezar su turno, en el que además de su uniforme vestirán solemnidad y alivio amable y se dedica a observarlos tratando de abstraerse de tanto rostro (desencajado, nervioso) de familiares y acompañantes que como él, esperan. Y de ambulancias que constantemente paren adultos maltrechos. Uno de los celadores es bien atractivo. No hace falta tener el famoso radar para comprender (entender, casi mejor) que si le mira atentamente no va a molestarle. En un momento tan tenso puede ser un buen pasatiempo un juego de miradas. Y el juego comienza.


Transcurren las horas y todo sigue igual. Madre doliente, hijos inquietos. Hambre. Sueño. Una prueba aquí, ahora espere, otra prueba allá, vuelva a esperar. Celador entregado a su trabajo que cuando pasa por su lado le clava esa mirada azul. Finalmente deciden dejarla en Observación al menos esa noche, tal vez más, y el encargado de llevarla es Él. Le explica el procedimiento, añadiendo a las palabras de calma y alivio necesarias un aderezo de confianza que él sabe que no ha utilizado con los otros familiares a los que le ha visto dirigirse durante la noche. Su agradecimiento incorpora ese tono cómplice tambíen. Y hay un momento de silencio.


(Son las 5 de la madrugada y ese pasillo está vacío. Le toma del brazo y le conduce a una pequeña habitación llena de objetos que prefiere no mirar mientras su camisa se abre, sus pantalones bajan y él se encarga de que el uniforme deje de cubrir a su Celador, que sabe cómo convertir un breve momento de escarceo en un arte amatoria, cómo hacer que por un momento olvide dónde está y por qué ha venido, que olvide el remordimiento por convertirse en el polo opuesto al dolor que hay en la habitación contigua. Acercándose al clímax, incluso consigue olvidar que se encuentra en un sitio llamado Oficio Sucio...)


Y hay un momento de silencio. Un silencio en el que una mirada parece susurrar "No es el momento, por desgracia", y el silencio de la mirada que le mira parece responder "No es el lugar. Estoy acostumbrado".  Le ve alejarse a seguir con sus tareas y él marcha en sentido contrario a recoger a su hermana para irse a casa, sintiéndose algo culpable de haber tenido una fantasía tan vívida en un momento tan poco oportuno.



(François Ozon : director francés. Sus películas suelen caracterizarse por un humor ingenioso y satírico y un peculiar punto de vista sobre la sexualidad humana - Wikipedia)