Sardina estaba insultantemente guapa, sentada coqueta y algo temeraria en el bordillo de la tercera planta del teatro esperando al segundo acto; mi amiga y muy entendida P. dijo que no, que los cantantes no estaban a la altura y deslucían bastante el resultado, pero nosotros disfrutamos de las Costas de Levante y las Playas de Lloret, del beber y apurar la copa de licor, del dichoso aquél que tiene su casa a flote. Una zarzuela reconvertida a ópera de musicalidad exquisita (ese preludio, tan brillante) y libreto divertido e ingenuo que nos ha hecho pasar un rato delicioso.
Esto es dedicado a todos vosotros, oh estimados lectores. No pensaba que lo pasaría tan bien escribiendo, pero sobre todo no pensaba que habría gente que lo disfrutaría, y en agradecimiento a vuestros comentarios y a vuestro apoyo os dejo un regalito sonoro, para que os ilumine, inspire y deleite.
Os recomiendo que lo escuchéis bien atentos, a ser posible con auriculares, no hace falta seguir las imágenes (a fín de cuentas es un vídeo casero), tan sólo cerrad los ojos, buscad un pensamiento que os guste, y dejadlo flotar. Tal vez os emocione y haga llorar. Tal vez no os parezca gran cosa. En cualquier caso, quiero compartirlo con vosotros.
(Este disco ha dado vueltas a mi alrededor desde que se editó en 2007, pero entre una cosa y otra no lo había oído más que de refilón, y ahora tras su triunfo en los Grammy me decidí a ver si era tan bueno como siempre habían dicho. Aún no me he repuesto de la emoción)
(continuación de una historia de hace exactamente un año, que sin proponérmelo hoy ha venido a mí. Casualidades de la vida.....)
Sabía perfectamente a qué se refería esa mujer.
Todas las noches rezaba para que ella volviera. Aquel abandono supuestamente temporal ya duraba demasiado, y su ánimo, de naturaleza alegre y optimista se había ido tornando oscuro y sarcástico. Ojalá nunca hubiera pronunciado esas palabras. Lo que pretendía ser un toque de atención disfrazado de simple comentario inocente sobre las masoquistas relaciones de ella con su familia, desató una tormenta de reproches y acusaciones mutuas, y a pesar de que aparentemente todo se había resuelto, y por la noche hicieron el amor con la pasión habitual, que no era poca, esa mancha de desilusión se fue extendiendo hasta que ella decidió tomarse un tiempo para pensar. Lejos de él. Con su familia. Y él decidió respetar su decisión.
El había fantaseado con que si todo salía bien, iría corriendo hasta casa, a darle la noticia entre risas con un gran ramo de flores, abrazarla, salir a cenar a un sitio caro y acabar entrelazados en la cama. Pero el día que le concedieron el crédito para montar ese negocio con el que ambos soñaban, que serviría para dejar sus absurdos trabajos y empezar una nueva vida, muy sacrificada pero de la que serían dueños, no sintió ganas de correr ni de reir. Llegó a la casa vacía y bebió una copa de buen tinto, que le supo a lágrimas.
Montó él solo el coqueto local, con el estilo y el nombre que ambos habían pensado. Ella prometió en una de sus frías conversaciones telefónicas que iría a verlo, pero nunca apareció. Y aquel hombre risueño, al que todos conocían por haber sido encargado en la cafetería más conocida del barrio y apoyaron cuando puso en marcha su propio "obrador", se volvió triste y melancólico. A duras penas conseguía mantener el trato afable con la clientela, el negocio era el negocio y había muchas facturas que pagar, pero en su mirada se percibía un algo inquietante. No era tristeza, no era enfado. Era un inmenso vacío. Y en sus pasteles también.