El señor que vive dentro de mi mp4 (de marca "La bellota", baratuno y básico como él solo y que funciona divinamente) siempre me sorprende. Yo le lleno la despensa con una selección variada compuesta de canciones serias y enjundiosas, discodanzarismos underground de ayer, hoy y siempre, guilty pleasures que arquearían más de una ceja (incluida la mía cuando aparecen sin esperármelo Valerie Dore o Den Harrow, por ejemplo), y algunas exquisiteces clásicas, cinematográficas o experimentales, y él me alimenta el espíritu con menús igualmente variados y sorprendentes. A veces se pone juguetón y hace repetir una misma canción cada poco tiempo, es verdad, pero por lo general suele acertar.
Hoy hacía una noche espléndida. Húmeda, como es habitual en esta tierra, pero nada calurosa. Eran las 00.35 y salía de ver una estupenda película, "Io sono l'amore", algo pasada de rosca en el tramo final, pero en conjunto más que recomendable. Pensaba en la belleza extraña y algo "espantá" de la grandísima Tilda Swinton y pulsé el botón que pide al señor mp4 su ración de alimento espiritual. Podía haber escogido cualquier cosa, pero tuvo el acierto de entregarme un plato que sabía a magia e intimidad. Pasear por la ciudad anochecida y tenuemente iluminada, en un jueves que parecía martes, sin apenas gente en calles que momentos antes debían estar en ebullición de terrazas y tapeos y ahora contemplaban con compasión a los encargados de desmontar los tenderetes. Caminar sin prisa envuelto en la música, sorteando algunos grupos que se dirigían de la tapa a la copa, lobos y lobas de perfumes intensos y atuendos escogidos para entrar a matar. O a morir. Mi pequeño bandasonorizador conoce mi ritmo y sabe que diez minutos es lo que necesito para atravesar ese tramo de centro y bares, de catedral y callejas, hasta entrar en la dimensión bien conocida de mi territorio, en el que me ofreció un segundo plato algo más ligero, pero ya no lo recuerdo. Porque los diez minutos con Ed Alleyne Johnson me dejaron en un ensueño de paseo nocturno, de placer andariego, de tranquilidad en el pensamiento y ganas de contarlo en una entrada posiblemente poco sustanciosa como ha sido esta, porque es muy difícil plasmar un pequeño placer. Un pequeño placer inmenso.