Así pasabamos horas, descubriendo. Mundos, estados, ciudades, interiores. Todo era nuevo e intenso, lleno de verdades escondidas entre inócuos juegos que en otras manos hubieran sido peligrosos. El arte de la seducción, el desastre de la derrota, nos dejábamos curiosear las trastiendas con el esmero del que recibe una visita apreciada y se esfuerza por ocultar que necesita causar buena impresión. Horas en las que las risas competían con los suspiros por componer la perfecta banda sonora. A veces alguno se excusaba por haber abierto un cajón de contenido delicado, tal vez doloroso. Pero el otro le invitaba a explorarlo sin pudor, preguntar por su contenido, comentar sus impresiones, ofrecer algún consejo para su mejor almacenamiento. Que los temores, los secretos y los malentendidos no se acumularan hasta pudrirse. Ventilarlos, reorganizarlos, comprender que muchos eran desechables y ocupaban un espacio necesario para fines más nobles. Así pasábamos horas, descubriéndonos.
Aunque no pude ver su cara, estoy seguro de que sonreía al otro lado de la pantalla. Y me dijo que era diferente.
Hay que cuidar los ingredientes. Todos de la mejor calidad y en las medidas exactas. De nada servirá un buen entorno, un buen acompañamiento sensorial (música íntima, velas cálidas, fragancias suaves), ni la más exquisita vajilla o ropa de mesa si el plato a degustar está en cualquier punto menos en el que le corresponde. Justo en sabor, que sea intenso pero no agresivo, que entre con suavidad y siempre nos deje con ganas de un nuevo bocado. Y en ocasiones como esta, lo apropiado era servirlo frío. Las cosas en caliente saben de otra manera, el picante puede eclipsar los matices y hay elementos que pueden reblandecerse demasiado. Así que sería frio. Pero lleno de texturas, de emociones, todo bien mezclado y, como ya se ha dicho, en las medidas exactas. La base era el cariño, que serviría para emulsionar bien todo el conjunto, en el que puso un controlado golpe de dulzura (no había que pasarse, aquello no pretendía ser un almíbar), un chorro generoso de humildad, dos partes de erotismo (ehmmmm...mejor tres), un puñado de promesas, una taza de ilusión. Dudó si sería conveniente poner una pizca de enigma, pero lo hizo, bien combinado siempre era un ingrediente estrella. Incluso se atrevió a añadir un poco de súplica y otro de perdón. Adornado con una rama de tálamo y guarnición de alegría, enmienda y compromiso. Estaba convencido de que sería un éxito, la reconciliación estaba asegurada.
Por eso, cuando vió cómo tras los primeros sorbos llenos de elogios y parabienes se iba tornando malencarado y vociferante, cuando vió cómo se marchaba dejando un eco doloroso, cuando comprobó que realmente había un sabor no esperado en aquel plato, corrió a la cocina para comprobar con horror que había confundido el tarro de la humildad con el de los reproches. Un chorro generoso.
"...but the clouds were there, blocking out the sun..."
Hace un par de meses, entraba con un amigo al cine, y entre blahblahblah's y jiji-jaja's, y justo cuando iba a empezar la película, me dijo:
-Amigo: Tengo SDP
-Teodoro: .... huy, qué me suena eso, qué era....?
-A: No, no es el Sozial Demokratische Partie. No me digas que no te acuerdas. ¡Pero si lo inventaste tú hace un montón de años!
-T: Buf...no me lo digas, a ver si logro acordarme.
En eso, nos callamos porque ya había empezado, pero yo no conseguía estar pendiente de la acción. Tenía el SDP rondándome la cabeza. Y pasados unos cuantos minutos, cuando ya lo daba por imposible, lo recordé y no pude evitar decir en voz alta:
-T: ¡SÍNDROME DE POLVO!
A lo que siguieron unas cuantas risas que probablemente causaron tanta incomodidad en el público de la sala como me la causan a mí cuando la gente hace comentarios, pero, oh loados y cinesilentes lectores, no lo pudimos evitar. El querido SDP, ese concepto teodoriano que estaba en el olvido, y que voy a pasar a explicar para que veáis cómo muchos lo conocéis perfectamente:
El Síndrome De Polvo es esa sensación que queda después de una noche en buena compañía carnal, ya sabéis. Es lo que se siente a la mañana siguiente, cuando por haber dormido poco y gozado mucho, uno va por la calle con la sonrisa puesta, las gafas de ver el mundo bonito, y una curiosa y evocadora combinación de olores y regusto a kiss-a-tonic* en el cuerpo. Porque no vale cualquier revolcón desfogable, de esos que satisfacen sin dejar apenas huella, no: El SDP se manifiesta cuando has estado con alguien especial, al que no sabes si vas a ver o no, de quien no sabes si te has enamorado o no, pero te ha dejado una sensación de placer más allá de lo puramente físico. Es por eso que es más frecuente en las "primeras" veces (o únicas, que ya se sabe cómo funciona esto del encamamiento), porque al refocilamiento carnal se une ese punto de descubrimiento del otro (o la otra) que si la relación se prolonga va desapareciendo para convertirse en algo superprecioso y ultraideal...pero que ya no es el SDP.
Porque otra de las cosas que lo componen es la duda. No saber si llamar, si esperar a que llame, si mandar un sms diciendo que se ha pasado muy bien, si, si, si....incluso si quedarte a pasar el día o retirarte a tiempo, no vaya a ser que se estropee la magia por una invasión excesiva de espacio. Siempre viene bien que al día siguiente haya clase, curro o comida familiar, para estar obligado a marchar y dejar la puerta abierta a un segundo encuentro, o ninguno. Es por eso que de vuelta a casa se va como en una especie de trance, soñoliento, intentando rememorar detalles que la emoción, las pocas horas de sueño o las copas que se tomaran no dejan recordar con claridad. Hay una resaca nada incómoda, y punzadas de agujetas -dependiendo de lo loca que haya sido la noche y de lo acostumbrado que se esté- que no molestan en absoluto. Y todo es bonito, y parece que la gente te mira, y dan ganas de cantar en plena calle. Había un anuncio de colonia hace años, que reflejaba muy bien el SDP, lo malo es que no recuerdo qué marca era. Un chico sin afeitar y con ropa elegante pero desaliñada, que venía de una "noche romántica" (ejem), paseando al amanecer por las calles vacías sonriente, jugaba con las hojas caidas de los árboles, agarraba una silla de una terraza y se ponía a bailar con ella....en fin, esas cosas.
Pues bien, despues de mucho, mucho tiempo, hoy Teodoro ha amanecido con la vieja y dulce sensación del SDP.
(*kiss-a-tonic: otro concepto teodoriano rescatado del olvido. Dícese de la combinación de besos -y todos sus derivados linguales: lametones, chupetones, succiones varias- y bebidas alcohólicas, dado que el medio más tradicional para un ligue casual son las noches de farra. Aunque con esto del intenné, ya no hay tradición que valga, me parece a mí)
"Desire, brings a passion new, and let your taste for life become sweet again..."