martes, marzo 10, 2009

Bajo La Piel (y II)



Se asustó mucho, semanas antes había visto un reportaje
sobre unos viajeros en alguna zona tropical que habían vuelto infectados con larvas subcutáneas que semanas después se habían transformado en gusanos que pugnaban por salir, destrozándolos de dentro a afuera. Aquello le había impresionado. Pero él no podía tener un bicho dentro, lo más lejos que había ido en su vida fue a la boda de una prima en una ciudad a menos de mil kilómetros (la ceremonia fue un desastre y la tarta estaba asquerosa, se pasó dos días descompuesto). Eso no era nada tropical, no.

Y aquella cosa se agitaba intentando salir. Sin pensarlo dos veces, agarró la cabeza sanguinolenta y empezó a tirar de ella. El dolor era insoportable, y esa cosa parecía no tener fin. Podía oir los crujidos húmedos, notar cómo la carne crepitaba mientras desalojaba al huésped y las gotas de sangre iban derramándose formando un charco en el que veía el reflejo de su rostro desencajado. Durante el proceso de extirpación, pensaba en selvas tropicales llenas de gusanos desalmados (curiosamente tenían la cara de su jefe) dispuestos a comerle, mientras su madre le gritaba que tuviera cuidado con manchar la alfombra o le iba a tocar limpiarla con la lengua, que ya estaba bien de que la tuvieran como chacha y que un día los dejaba a todos compuestos ahí os las arregléis que ya me tenéis más que harta en buena hora me casé yo para esto ay por Dios. A pesar del dolor que sentía no pudo menos que sonreirse por la ocurrencia.

Dió un último tirón, finalmente consiguió sacarlo del todo, y el tobillo dejó de sangrar, de picar y de doler. Era como una culebra, suave, de un color indefinido, y diría que clavaba sus dos minúsculos ojos en él, una mirada de belleza extraña que de algún modo le resultaba familiar. Se agitaba, daba la impresión de querer escapar, pero no se atrevía a soltarla hasta averiguar qué era. Fue hacia el teléfono para llamar a Urgencias y sintió como un desvanecimiento, al tiempo que la Cosa engordaba en su mano. De repente, mientras notaba cómo sus sentidos se iban difuminando, recordó cómo llevaba meses sintiéndose vacío, como si estuviera perdiendo el contacto con su yo. ¿Y si era su alma que había decidido fugarse, harta de morar en un ser melífluo y pusilánime?

Recordó que en el barrio se contaba la historia del pastelero que había perdido el alma, pero él nunca creyó que fuera más que un chismorreo vecinal elevado a leyenda urbana. Y ahora él sentía que estaba perdiendo la suya. Tenía que impedirlo. Con las pocas fuerzas que le quedaban, y mientras la Cosa se hacía más voluminosa y se agitaba con más fuerza, se quitó como pudo la camisa, se tumbó en la cama e hizo lo que mejor sabía hacer: rascarse. Rascó ferozmente su pecho con la mano libre, tenía que abrir una puerta de entrada en su corazón, antes de que el alma huyera para siempre. Rascó, y rascó, y rascó, notando cómo la piel se iba desgarrando, mientras pensaba que de fracasar en el empeño, al menos su última vivencia sería placentera.

-"ehndusfdfyudrgmanndoelmundo"
-"¿Cómo dice?
-"Que si me hace el favor de salir, que tengo que limpiar, ya se ha ido todo el mundo"
-"Disculpe, no me había dado cuenta de la hora que es"

Salió de la oficina mientras oía a la limpiadora murmurar disgustada. Caminó hasta su casa, no se detuvo a tomar café con sus compañeros como de costumbre, no pasó por la biblioteca, no se entretuvo en el parque como cada tarde. Sólo quería llegar a su casa y aliviar el picor que sentía desde la mañana. Malditos calcetines sintéticos...

lunes, marzo 09, 2009

Bajo La Piel



(este post puede provocar somnolencia y...¿herir la sensibilidad?)

Comer y rascar, todo es empezar. Pocas cosas hay más gustosas que rascarse cuando a uno le pica. Normalmente el picor empieza en un punto, y según se va rascando se extiende a otros puntos en la misma zona. Especialmente en la espalda, tal vez su inaccesibilidad nos hace más propensos a la propagación del picor. Y si la que rasca es mano ajena, se convierte en un divertido ejercicio de placer tortuoso. "Ahí, no, más arriba, no, a la derecha, no, te has pasado, mmmm, ahí ahi, un poco más abajo ahora....ay, ¡es que ya me pica todo!". Seguro que os resulta familiar, oh rasquipicantes lectores.

Pero nada como lo que me contó V.

V. solía tener picores, como todo el mundo, relacionados con los nervios, el calor, los tejidos sintéticos...nada especial. A veces su temperamento impulsivo (lo era, y mucho, eso le costó más de un disgusto, sin ir más lejos, aún no puede ir por cierta cafetería después de la acalorada discusión que tuvo con el dueño -a la sazón, futuro suegro- por culpa de la política. Echaba de menos a P. pero su soberbia y el temor a un ataque verbal o corporal del padre le disuadían de ir a verla...) y su impaciencia le llevaban a hacer cosas como salir de la ducha sin aclararse bien, y los restos de jabón le producían un picor desesperante, especialmente en las piernas, que es donde más vello tenía. Nadie lo supo nunca, pero esa sensación le gustaba, y rascaba y seguía rascando hasta casi desollarse la piel. Más de una vez sangró de tanto rascar. Eso estaba bien porque así al ir curándose la herida podía disfrutar de nuevas dosis de picor, con mucho cuidado de no infectarse, que ya una vez estuvo a punto de perder un miembro por una herida abierta de tanto rascar, que se fue poniendo verde y purulenta, y dolía y le hacía pensar en cuando de pequeño, una tarde de verano unos vecinos le retaron a resistir un hierro candente en la pierna y lo consiguió, resistió como un valiente aunque no pudo retener dos gruesos lagrimones que fueron su única expresión de dolor. Llevó la herida con orgullo durante semanas, y mientras cicatrizaba le producía ese picor con el que tanto disfrutaba...

Aquel día V. llegó a casa después de un día especialmente agitado en el trabajo. De buena mañana sintió un picor inusual en el tobillo derecho. Normalmente solía picarle esa zona y alrededores por el roce con los calcetines, especialmente si eran sintéticos y/o los elásticos apretaban mucho. Pero esta vez se sentía distinto. Trató de no hacerle mucho caso, aunque en los momentos en que nadie miraba se rascaba con avidez, con la mano o con la puntera izquierda, imaginando que ese pie estaría desconcertado y acaso celoso de que todo el picor se manifestara en su compañero. Una vez en casa, se descubrió el pie, el tobillo ya enrojecido de toda la jornada, y se despachó a gusto, siempre le había gustado llevar las uñas en la medida justa para el buen rascar, algo que a su padre molestaba y en bastantes ocasiones dió origen a episodios de conflicto generacional con portazos y salidas de tono que solían acabar cortauñas en ristre bajo la estricta (esto lo hago por tu bien, algún dia me lo agradecerás) mirada paterna. Pero ahora su mano estaba llena de uñas que rascaban y rascaban, y aún así no conseguía aliviar el picor. Cuando ya estaba a punto de claudicar y recurrir a alguna pomada, sintió un desgarro en la piel y contempló algo que le pareció un fideo, que sobresalía de un pequeño cráter reventado en su tobillo.

Continuará.

miércoles, marzo 04, 2009

Let's Face The Remix And Dance: Moto Blanco

Hace poco hablaba, oh estimados lectores, de mi afición por las versiones maxi. Quien tenga más de 30 años y haya estado un poco pendiente del asunto sabrá que en el último tramo de los 80 se puso de moda editar dobles y a veces triples maxis de una misma canción con diferentes remixes. Normalmente en el primero aparecía una versión más larga del tema original (la famosa "Extended"), y en los demás, remixes de todas clases, colores y tendencias (la etapa acid house fue brutal). En los 90 la cosa se desmadró, y de 2 o 3 remixes de cada tema se pasó hasta 7, 8, 10...

Y yo, tan aficionado a la música de baile (y dj durante unos años), pues seguía con afán este mundo apasionante y algo ingrato del remix. Mi etapa favorita está entre el 94-97 o así, cuando nombres como David Morales, Eric Kupper, Brothers in Rhythm, Danny Tenaglia o K-Klass transformaban en carne de dancefloor temas de artistas que en la vida me hubieran interesado (quién me iba a decir a mí que acabaría coleccionando maxis de Mariah Carey o Gloria Estefan).

Luego la cosa se desmadró y entre final de los 90 y los primeros 00 los remixes cada vez eran más machacones e instrumentales, y poco a poco fuí perdiendo interés por ellos (mi cuenta corriente y el espacio en mis estanterías me lo agradecieron). Pero hete aquí que desde hace unos 3 años están recuperando ese espíritu exquisito de los 90, vuelven a respetar las estructuras originales, las voces, los bpm justos...en fín, que me alegra mucho aunque temo volver a engancharme, je je.

Esta primera entrada de remixes es para una pareja llamada Moto Blanco (Bobby Blanco y Miki Moto, en realidad Arthur Smith y Danny Harrison), juntos desde 2003 (ya llevaban años con carreras separadas) y dignos herederos de K-Klass, Joey Negro, o Love To Infinity con su aire un poco disco, sus pianitos y secuencias... Como les ocurre a todos, al final sus remezclas acaban siendo muy iguales, y ahora que están en racha y no paran, tal vez acaben aburriendo. Pero hasta que lleguen a eso, habrán hecho maravillas a Janet, Robyn, Solange "hermanísima" Knowles, Sophie Ellis-Bextor, hasta a sosainas como Enriquito y la Leona.

Para acabar os dejo mis dos remixes preferidos de estos señores. El primero es de Robin Thicke, que es como un cruce entre J.Timberlake y Jamiroquai, y al que acompaña aquí la estupenda Mary J. Blige. La canción original es mona, pero el remix es glorioso.




Y el segundo, mi favorito absoluto, es "This Is Not Real Love", de George Michael y Mutya Buena. Michael me resulta muy plasta (aunque tengo buenos remixes suyos también, cómo no). Mutya sí me gusta mucho, conste. Y lo que era una canción sosita, un poco ñoña y muy sentida se transforma en una pieza de baile espectacular, con un desarrollo que va creciendo en intensidad (piano, la manera en que entra la voz, cuerdas, estribillo) y con un punto triste que la hace irresistible. Os quiero a todos bailando pero ya!



Espero que lo hayáis disfrutado. Habrá más.